Es emocionante la entrada de una persona en una consulta holística. En su cara se escriben sutilmente los miedos, incertidumbres, preocupaciones y expectativas... y en algún lugar de su mirada, la esperanza. Para mí, son todos y todas, personas valientes. Personas que pese a sus temores, recelos o incertezas, dan el paso y llaman (en el mejor de los casos) para pedir cita y acudir el día de consulta con la determinación de poner fin a sus dolencias, a sus malestares. Es entonces, cuando la consulta holística les recibe con toda la calidez y humanidad que me es posible dar. La escucha atenta, la amabilidad, el respeto, empiezan a ser los primeros compañeros de viaje de ese Ser que tuvo el Valor de pedir ayuda. La soledad e incomprensión en que se ve sumida esa persona, empiezan a recibir compañía y comprensión; empieza a ser escuchada, quizás se permitió por primera vez hablar de esa manera. Surge la magia de la confianza, la energía de lo que está hecho el vínculo terapéutico. Surge un diálogo desde el corazón, desde donde los seres humanos se comprenden sin juicios ni prejuicios; desde donde se puede ayudar y recibir ayuda, y los problemas se abren a las soluciones. Ahí empieza el proceso terapéutico de recuperación de la salud en paralelo a otro que ya existía previamente de enfermedad. La enfermedad, entendida como vacío o plenitud, como lo que te falta o te sobra, empieza a tener algo más que un nombre o un rótulo con el que, ojalá no, identificarse; sino que empieza a perfilarse como algo comprensible, que tiene sentido en el contexto de la existencia de la persona, porque eso es finalmente lo que es una enfermedad, un momento en el que algo ha perdido el sentido de ser en nosotros, que se desidentifica de nosotros y a lo que necesitamos poner un nombre distinto al nuestro para alejarnos de ello y no formar parte de un dolor o malestar que no aceptamos como propio. Ahí empieza el proceso del cambio de la persona, su sanación, su despertar al mundo de las causas, más allá de los espejismos de sus efectos, los síntomas. Ahí el paciente abre los ojos, para empezar a verse a sí mismo y a los demás, de forma distinta. Empieza a dejar atrás la primera venda, la ignorancia. Sabía que le pasaba algo, pero trataba de abstraerse de ello, mantenerlo lo más lejos posible de su cotidianidad, para aparentar normalidad, funcionalidad, salud. Ahora sabe que no puede seguir ignorando lo que le pasa. Sabe que tiene que actuar y desde la consulta holística, se le invita a no ser mero espectador, incomprendido, de eso que le pasa, incomprensible. Se le invita, tras comprender lo que le sucede, a participar en su proceso de recuperación de forma activa, sensibilizándolo sobre la importancia capital de que ello sea así, porque ¿qué verdadera solución es aquella de la que no somos conscientes y no participamos de ella?; seguramente de una que permite que el problema reaparezca, porque no aprendimos el porqué y el para qué de su presencia en nuestra vida. Participar de nuestra recuperación, implica atención y responsabilidad, dos aspectos negados cuando enfermamos. Ahora atendemos las recomendaciones, los ritmos, las pautas; las comprendemos, las respetamos y las asumimos como propias, porque las reconoce nuestro Ser como propias, por el bienestar que va abriéndose paso en nuestra percepción de nuestro estado global. Ya estamos en el camino del cambio, donde percibirnos diferentes y que nos perciban diferentes, donde empezar a ser más nosotros mismos, donde pasar del personaje a la persona, donde dejar de ser enfermos a ser aprendices. Ese es el compromiso que acepta el paciente en una consulta holística; ese es su derecho, su privilegio, su necesidad.. saber, implicarse, responsabilizarse, trabajar en su bienestar.
Al final de ese proceso, me siento emocionadamente, un privilegiado yo también, por acompañar a un ser humano por ese sinuoso camino que va de la ignorancia al conocimento y aprendizaje y que, en última instancia, me permite seguir aprendiendo y evolucionando. Gracias a vosotros.
Salud Consciente a todos.

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