martes, 5 de marzo de 2013

Economía para un Bien Común

Vivimos tiempos de cambio, también llamados, de crisis. Y como todos ellos, difíciles. Tiempos de adaptación a nuevas situaciones. A situaciones que, seguramente, no pedimos. Pero que, sin duda, están ahí pidiéndonos implícitamente que demos una respuesta, ojalá la mejor posible, lo mejor de nosotros mismos. Por ello, son también éstos, tiempos de oportunidad para mejorar. Para aligerar el equipaje prescindible y seguir con las cosas en ese momento importantes. La vida tienta a apegarse a las cosas, a las personas, a los lugares, a las situaciones que entendemos como conocidas o familiares. Y nos da miedo y reticencias entrar en ese terreno desconocido e imprevisible del cambio. Y parece, por mucho que uno se empeñe en verlo distinto, que la vida es un regalo desconocido e imprevisible, que desenvolver, para saber entonces que tiene para nosotros. Nunca son cosas, solo oportunidades para experimentar la vida, desde distintos ángulos, como si ésta fuera un hábil artesano que, con destreza de maestro, nos puliera hasta llegar a esa piedra preciosa que tenemos dentro y que se llama, genuina honestidad, un estado de gracia, sin artificios ni máscaras donde habita nuestro bienestar. 

Con gratitud, doy la bienvenida a estos tiempos. En ellos, desde mi labor como Terapeuta, compruebo como muchos de mis pacientes atraviesan dificultades, a veces tan serias, que comprometen su bienestar importantemente, hasta el punto de no poder siquiera permitirse servicios como los que dispenso, de ayuda, de superación de problemas de salud, por falta de recursos económicos, la forma de intercambio de servicios en nuestra imperfecta sociedad. Y su vacío, la de "los que no podeis venir" o "no os lo podeis permitir ahora", deja la esencia de la profesión huérfana con cada uno que deja de asistir a las sesiones por falta de recursos económicos. Y surje de ello, correlativamente, preguntas esenciales de cuál es el objeto de mi profesión. El sujeto es la respuesta, siempre. Sin sujeto, la terapéutica no tiene objeto, decía un maestro. Vivimos un tiempo donde el dinero es más un límite, que una oportunidad. Y en mi profesión, una barrera, más que una facilidad. Y sé que esta es la sociedad que hemos creado, en la cual, se le ha dado al dinero y al acto de lucrarse un lugar privilegiado en nuestras vidas, desplazando otros valores, como la solidaridad o la humanidad. Por falta de dinero, uno no come, no tiene cobijo, ni abrigo; incluso, ni amigos. El dinero, es el objetivo de esta historia colectiva, pero no el protagonista de la mía, sino más bien, un actor secundario cosustancial al hecho terapéutico de ayudar, para que un bien no sea sólo material, en el cobro de una sesión, sino también un Bien-Estar conjunto de los dos actores de esta profesión. La satisfacción del Terapeuta no acaba en el dinero que obtiene por sus servicios, sino que aspira a un Bien mayor, que es el Bien Común, donde dos seres humanos, salen beneficiados en su encuentro. De esa filosofía, nacen las propuestas de una Economía del Bien Común, donde las personas recuperan el protagonismo y no las transacciones. El objetivo es el bienestar colectivo, en vez del individual, por lo que implícitamente, se recupera un principio de justicia y equidad, muy escasos en nuestros días. 

Por todo ello, desde mi humilde aportación, me sumo a esta corriente de servicio para un Bien Común, faclitando, a todos los que estimen oportunos mis servicios, su asistencia a las sesiones terapéuticas, adaptando mis honorarios a sus posibilidades y no al revés. De este modo, he diseñado distintas modalidades de tarifas, para posibilitar que estos difíciles tiempos, nadie se quede sin ayuda, habiéndola pedido. Algo que es, en sí mismo heroico, me refiero al pedir ayuda, no debe quedar sin respuesta. La mía es facilitar la ayuda. 

Gracias por confiar en mis servicios. 

No hay comentarios: